Macrobioética

De manera un poco juguetona e infantil (como cuando nos dejamos llevar por el puro disfrute del momento, sin mayores pretensiones), se me ha ocurrido está combinación de palabras “macrobioética”.

Y sé lo que digo, porque creo que nuestro gran poder como consumidores nos impide mirar hacia otro lado en cuanto a nuestra responsabilidad en este mundo y la relación que establecemos con él.

 

Un entendimiento de la naturaleza, que nos ofrece la vida, nos hace comprender inmediatamente que debemos sin mayor tardanza dejar de parasitar el organismo vivo que es nuestro soporte vital: la tierra, la naturaleza. Debemos si no ya tener una relación simbiótica con ella, por lo menos establecer una relación “comensal”, del Latín “com mesa”, es decir, compartir nuestra mesa. Esta interacción biológica entre dos organismos vivos describe aquella situación donde el beneficio que obtiene uno de los dos no es en detrimento del otro.

 

La macrobiótica refleja la Unidad, manifestada en dos tendencias opuestas pero complementarias, que buscan siempre unirse porque son unión en esencia. Separar, clasificar, analizar, aislar lleva a la destrucción y a la enfermedad. Por eso la macrobiótica no es una dieta, porque incluye diversos aspectos que van mucho más allá del puro entendimiento energético de los alimentos. La Macrobiótica es aquello que nos permite tener una Gran Vida, en contraposición a lo que Aristóteles llamó “micros-bios” (“pequeña vida”). ¿Cuándo proliferan los microbios? Cuando tenemos un entorno ácido en el cual puedan reproducirse, cuando tenemos una prácticas vitales alejadas de lo que nos proporciona la salud y la felicidad.

 

Macrobiótica no significa seguir una dieta estricta, llena de “alimentos prohibidos”, sino que conlleva una comprensión de los efectos que lo que comemos tiene sobre nosotros, está basada en la observación y la responsabilidad. La macrobiótica no es una moda porque no se trata de empezar una dieta que un día abandonaremos sino de adoptar un cambio de vida que dure para siempre.

 

¿Por qué macrobiótica y ética? Creo que son dos conceptos inseparables. ¿De qué sirve tomar arroz integral si no tengo en cuenta cómo ha sido cultivado, por qué empresa y en qué condiciones laborales? Si mi único criterio es “no voy a comer carne”, es bueno, es un paso (ver las consecuencias medioambientales del consumo de producto animal en el mundo) pero, ¿y si ése es el único criterio que yo aplico, sin más consideraciones que la puramente ideológica? He aquí algunos planteamientos:

  • Lo que estoy eligiendo comer ¿ha sido cultivado con agrotóxicos?
  • ¿Es integral o refinado?
  • ¿Está “enriquecido” o “procesado”?
  • ¿Contiene aditivos, conservantes, colorantes, potenciadores del sabor?
  • ¿Ha sido elaborado siguiendo criterios de Comercio Justo?
  • ¿Es de cultivo local?
  • ¿Es de temporada?
  • ¿Es adecuado a mi constitución?
  • ¿Es conveniente para mi estilo de vida (sedentario, activo…)
  • ¿Cómo ha sido conservado? ¿ha sido irradiado, congelado, encurtido, deshidratado…?
  • ¿Cuántos litros de agua se usaron para su producción?
  • ¿En qué medida contribuye gases de efecto invernadero?
  • ¿Cuál fue su impacto sobre el medio ambiente?

Podemos detenernos a reflexionar sobre los puntos anteriores y nos daremos cuenta del poder beneficioso que unas “opciones conscientes” pueden tener sobre el planeta donde vivimos y del cual dependemos. ¿Hasta qué punto estás de acuerdo en que la coherencia y la consciencia deben ir de la mano?

 

La ética es una gran parte de la macrobiótica, no pueden ir separadas, y es algo que lo diferencia de otras “dietas”. Va mucho más allá. Aborda nuestra posición en el mundo de una forma total u holística, que tiene en cuenta muchos aspectos y variantes sobre la salud, no únicamente qué comemos sino cómo lo comemos, cuándo y por qué.

 

Si la macrobiótica se queda en ser una “dieta” más, y nos quedamos en lo superficial, en una serie de recetas para curar el cáncer, o esta u otra enfermedad, estará llamada al fracaso. Como su nombre bien indica, GRANDE “Macro”, nos invita a una vida total, mucho más allá de dogmas, maestros, recetas y simples clases de cocina. Engloba mucho más, apela a nuestra consciencia más profunda, aquella que transformamos mediante un cambio vital a todos los niveles: físico, mental y espiritual, pero comenzando por lo más básico: nuestro plasma y nuestra sangre y la masticación paciente y meditativa de los cereales integrales.

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